Historiador
LA IGLESIA CATÓLICA Y SU DIMENSIÓN TERRITORIAL AL PASO DE LOS SIGLOS
Conferencia dictada dentro del curso sobre “Regiones” en el Colegio Mexiquense.
Santa Cruz de los Patos, Zinacantepec, Edo. de México.
30 de abril de 2008
1.- Ubicación.
La palabra Iglesia y consiguientemente el organismo llamado Iglesia, por su misma etimología apunta a la comunidad y no a la individualidad. Ekklesía en griego y su equivalente latino congregatio, señalan hacia una realidad necesariamente social y necesariamente cultural. A fin de descubrir el primer perfil indicado (el social), basta encontrar en el vocablo congregatio la fuente grex, grey, rebaño, que no resulta, como pudiera pensarse a causa de su referencia a ovejas o bovinos, peyorativa sino ilustrativa. Para encontrar el perfil cultural, la tradición aporta una palabra de referencia completamente humana que se hermana con la anterior: convocatio, convocación, es decir, vocación, llamado en común.
Ese primer acercamiento, etimológico y de sentido común, parece contener muy poco de territorialidad, a no ser la ocupación de un espacio que se nos presenta como pequeño, casi insignificante.
Sin embargo, el roce que las primeras comunidades cristianas, en expansión constante, fueron teniendo con las estructuras de un mundo que vivía en el ámbito cultural de lo que se conoce como “la antigüedad tardía”, supuso una relación, por una parte, de confrontación y por otra de influencia recibida de esas estructuras. Concretamente, la primera relación, en el plano religioso se dio con el judaísmo: se aceptó el Antiguo Testamento como fuente de creencia y vida, pero no pudo ser ubicado el cristianismo como una modalidad judaica. La segunda, en el plano intelectual y ético fue con el helenismo y fue integrando una red de unión entre lo propiamente religioso y la racionalidad, el ejercicio del pensamiento crítico. La tercera relación se estableció en el plano de lo organizativo y jurídico con la románitas, es decir, con la romanidad, el armazón de sustento de toda una estructuración social jerarquizada, de leyes integradas en orden racional y con un sentido de la territorialidad muy claro. Los aportes más relevantes de la romanidad, que todavía están vigentes en nuestro tiempo son la seguridad jurídica y el sentido de la universalidad. Roma (la urbs), es punta, centro y síntesis del Orbe (orbis). De ahí que la romanidad de la Iglesia católica (y católico de hecho significa universal) sea a la vez que la determinación de un centro (la urbe romana), un impulso hacia la universalidad.
Teniendo en cuenta los puntos anteriores, sobre el mundo cristiano que se expandía y que entraba en contacto con distintas maneras de organizarse en sociedad, previas a su presencia, se fueron dando dos modos o líneas de estructuración de la ekklesía.
La primera manera, que puede denominarse personal, permanece aun en la actualidad como dominante sobre todo en las Iglesia orientales, tanto en las que mantienen su unión con la sede romana como en las que lo han roto.
Esta manera parece más apta para las comunidades situadas en espacios urbanos y para las grandes dispersiones que, a partir de acontecimientos políticos como las homogeneizaciones nacionales del siglo XIX, persecuciones y migraciones voluntarias, forman parte de la historia más o menos reciente de muchos pueblos.
Así, la observación de este estilo organizativo nos lleva, por ejemplo, a reconocer la pluralidad de tradiciones étnicas, lingüísticas y litúrgicas en un espacio pequeño pero de gran densidad religiosa e histórica: la ciudad de Jerusalén. Ahí, por ejemplo, las comunidades cristianas se han construido a base de lo personal y no de lo territorial, de modo que existe una jerarquía eclesiástica y un estilo de vida cristiana diferenciado en un mismo territorio: la comunidad armenia, la griega, la siria, la etíope o copta y la latina. Los “ritos” que las diferencian no son meras formas distintas de celebrar los actos de culto, sino elementos culturales que arraigan en tradiciones ancestrales que identifican a quienes las profesan.
El caso puede ser diferente, pues podemos reconocer el fenómeno contrario: una entidad con un territorio de significación casi nula (unas cuantas manzanas en el barrio de Fanar en la ciudad de Estambul) es centro de una institución milenaria y venerable que tuvo en épocas remotas esplendor único: el patriarcado ecuménico de Constantinopla. Pero si en esa ciudad que fue sede de un imperio romano y cristiano la comunidad es casi insignificante en medio de la masa turca, la irradiación del patriarcado, debido a las migraciones, se extiende a Estados Unidos, Canadá, Australia y otras latitudes. Del mismo modo, la antiquísima tradición maronita, originada quizá a fines del siglo I en las montañas de Líbano y que tiene raíces semíticas no tocadas por la influencia griega –por ejemplo en la celebración de la misa las palabras de la institución (consagración) se pronuncian en arameo, la lengua usada en Palestina en el siglo I--acompaña y da sentido de identidad a la diáspora libanesa que vive en México, Centroamérica, Brasil, Venezuela, Argentina, Estados Unidos, Canadá…El Sínodo Maronita suele reunirse en Beirut, pero la problemática que trata es, en cierta forma, mundial.
Lo anterior, más por contraste que por influencia, conviene tenerlo en cuenta como referencia de casos singulares que, desde luego, en el mundo actual no es ni dominante ni muy conocido. A alguien muy perspicaz, por otra parte, le parecerá que en las sociedades actuales, regidas más por los territorios funcionales múltiples que se entretejen en las megalópolis contemporáneas, la pluralidad cultural que permite ese tipo de organización que he llamado personal, podría ser más apta para la perspectiva que hoy presentan las relaciones humanas en el espacio social.
Para nosotros, que procedemos de un tronco de tradiciones más bien occidental, es la vertebración social territorial la que nos es más cercana y conocida no tanto en cuanto a la nomenclatura eclesiástica sino en cuanto que es a la que nos enfrentamos en la cotidianidad a causa de las divisiones “civiles”: el municipio, el estado o provincia, la región, la nación…Si históricamente las divisiones territoriales tuvieron un origen militar o fiscal (ocupación del territorio, cobro de los impuestos) y se impusieron a causa de la expansión poblacional sobre las áreas rurales, en la actualidad difícilmente podríamos pensar en términos personales en una gama amplísima de relaciones: comerciales, de producción, de educación y cultura y de otras muchas líneas de acción.
Considerado lo anterior, podemos intentar recorrer dos caminos o, más bien, dos maneras de abordar una realidad geográfica e histórica.
2.- Seguimiento diacrónico: a través del tiempo.
Al comienzo del cuarto siglo de la era cristiana, la manera común de dividir el mundo y al mismo tiempo sus etapas históricas venía de muy atrás. Era una división cuatripartita: el mundo se dividía en cuatro partes. Cuatro civilizaciones se habían sucedido siguiendo el hilo del tiempo: la asiriobabilónica, la egipcia, la macedonia y la romana, situadas más o menos al oriente, al sur, al norte y al occidente; en ese orden. Historia y geografía.
De esa recia raíz de comprensión del mundo, que podemos calificar como convicción vital compartida, se nutrió la división territorial eclesiástica más antigua que hay que datar a partir de la libertad de la Iglesia en la estructura política y jurídica del Imperio Romano, del año 318 en adelante, aunque puede encontrarse de alguna manera desde antes. Se trata de los Patriarcados, que, encabezados por un obispo de peculiar estatura espiritual e influencia, recibió el nombre de Patriarca. De este modo las ciudades de recia envergadura, si bien no necesariamente gran extensión física, fueron sedes de estos ejes de influencia territorial: Jerusalén, por su densidad religiosa y de acontecimientos centrales; Antioquía en las comarcas de influencia siria; Alejandría, la ciudad abierta y plural en la desembocadura del Nilo y Roma, el centro del mundo por antonomasia y, de acuerdo a la tradición la sede del apóstol Pedro y el sitio del martirio de él y de Pablo.
Sin embargo, el equilibrio entre esas “cuatro partes del mundo” se rompió con el surgimiento de nuevos centros de hegemonía y atracción: Constantinopla, la naciente ciudad imperial que se denominaría orgullosamente la segunda Roma y, unos siglos más adelante, Moscú, que sería la tercera Roma.
La irradiación de esas dos sedes citadas hacia una circunferencia de gran extensión fue tal que esa causa puede considerarse de mayor incidencia que los problemas dogmáticos en el distanciamiento progresivo entre esos focos eclesiales y el primado romano que condujo a una separación duradera. Por otro lado, las diferencias de tipo cultural, político y aun económico entre la región norteña de África y los dominios romanos en la costa sur del Mediterráneo impidieron que Cartago pudiera tener la preponderancia y la influencia necesarias para convertirse en patriarcado. Viejos distanciamientos que tenían como origen remoto las guerras púnicas, pesaban todavía en la desconfianza entre los pueblos. A la juventud de la clase dirigente cartaginesa se le educaba en territorio romano a fin de adquirir ese timbre identitario. Entre los cristianos bástenos pensar en Agustín de Tagaste, quien, como obispo es más conocido como San Agustín de Hipona.
La territorialidad de la Iglesia quedó fija en el Occidente europeo sobre todo a partir del siglo VI, sobre todo por una causa externa: el despoblamiento de las ciudades, la inseguridad ocasionada por las invasiones y asentamientos “bárbaros” y la necesidad de reagrupar a una sociedad que padecía el fenómeno de la dispersión. De este modo, los ejes eclesiásticos de presencia fueron elementos definitivos para el reacomodo social y la reintegración de muchas relaciones tanto jerárquicas como horizontales. Fue el nacimiento de un sistema social de larga duración: la sociedad feudal.
El elemento fundamental para esta revertebración fueron los monasterios benedictinos. Y monasterio es un vocablo de significación mucho más amplia que la acepción corriente en nuestros días, que no va más allá de la arquitectura y la historia del arte. Un monasterio es, ante todo, un ámbito de vida, una red de relaciones humanas y un foco de atracción e irradiación. De atracción, porque hacia dentro—y pensemos ese dentro no como un espacio entre muros sino como una extensión de 30, 50 o muchas más hectáreas (un valle con todo lo que contiene, por ejemplo)—es una especie de fábrica: se hace producir al campo, se produce cultura, se produce oración, se producen elementos para que haya vida social. Necesariamente los campesinos y los artesanos acuden al lugar, llevan y traen algo más que mercancías que se intercambian. Se intercambian relaciones humanas, pues en eso consiste en realidad la sociedad medieval. Por ello el monasterio es igualmente un foco de irradiación, pues a partir de él se entreteje una sociedad con formas de diálogo peculiares.
El centro del monasterio, de su atracción e irradiación es una persona. Alguien a quien, tal vez teniendo como origen etimológico la palabra hebrea abba, que es como el balbuceo del niño pequeño que se dirige a su padre, a su origen fontal, se le denomina abad, pues su autoridad, siguiendo la regla de San Benito de Nursia, a quien se le ha titulado “el padre de Europa Occidental”, es más como la que puede atribuirse a una fuente que sacia la sed o como la del padre que orienta y, si se da el caso, reconcilia. Nuestras nociones modernas de poder difícilmente pueden ser aplicables a esta realidad.
Los abades fueron teniendo jurisdicción sobre amplios círculos territoriales. Puede decirse que era el señor, en el sentido feudal del término, en torno al cual se encontraban los siervos. Teniendo en cuenta lo que en su contexto significaba la servidumbre, los servicios personales y el señorío, debemos quitar de nuestra imagen actual tanto el intermediario monetario como lo que pudiera entenderse como esclavitud.
Si los abades, que eran sacerdotes católicos ordenados ejercían este estilo de autoridad, casi contemporáneamente también lo obispos comenzaron a ser señores feudales y ejercer jurisdicción (no podría distinguirse como hoy entre eclesiástica y civil) de la misma forma. Es lógico que la calidad de las personas no fue ni en todo tiempo ni en todo lugar la misma, por lo que a la institución no se le ha de ver ni con rechazo ni con idilio, como a todas las instituciones que en el tiempo han surgido.
Como una derivación del obispado territorial, surgieron las parroquias también territoriales, pues en la época antigua los presbíteros, colaboradores de los obispos, ejercían más bien un ministerio itinerante, como visitadores de comunidades. De esta forma el párroco se convirtió en la figura fundamental de la presencia sacerdotal. Su liga con la tierra –de la que vivía, pues era generalmente un campesino—y con el altar (pues era sobre todo un celebrante de la misa) lo fijaron en un sitio y le dieron a su manutención económica una forma específica: el oficio (la atención pastoral) se ligaba al beneficio, es decir, el usufructo de la tierra y, más tarde, los fondos económicos que se integraban para la celebración de las misas sobre todo en sufragio de los difuntos.
Una organización eclesiástica más bien estática, pues, se integró durante los primeros siglos de la que consideramos Edad Media.
Sin embargo, el dinamismo misionero, o sea, la expansión de la Iglesia hacia los pueblos que no habían sido evangelizados (Irlanda, Dinamarca, Escandinavia, amplias zonas de Alemania y otras en Europa Occidental y las más lejanas de Polonia y Ucrania ya en el Oriente). Estas “misiones” tuvieron, en general, el carácter de estar impulsadas desde Roma, de modo que sus misioneros iban en nombre del Papa y no constituyeron obispados al modo de los feudales a los que hemos aludido, sino que quien encabezaba a los grupos tuvo el cargo de Vicario Apostólico y constituyó cristiandades bajo la jurisdicción del Obispo de Roma. Este sistema, como es palpable, aumentó el grado de autoridad romana y fue eclipsando la de los obispos locales.
Con la expansión de las rutas de exploración y comercio a las costas africanas y al continente asiático y el descubrimiento de América, todo ello llegado en alud hacia el final del siglo XV, la expansión evangelizadora adquirió dimensiones que ahora sí podían llamarse universales inclusive en el sentido geográfico.
El primer sistema de cubrimiento territorial, unido a los avances de los portugueses y españoles fue el de fundar nuevas cristiandades alentadas por las tareas de las órdenes religiosas mendicantes, entre las que destacaron los franciscanos, los dominicos y los agustinos. No obstante, la fundación de obispados propiamente dichos (podemos pensar en Santo Domingo, México, Lima, Yucatán y varios más) quedó ligada a un sistema de mutuas concesiones entre el Papado y los monarcas llamado Patronato el cual, iniciado a finales del siglo XV perduró hasta una década después de la emancipación de las naciones hispanoamericanas en el XIX. De esta manera, a pesar de que había en América y de modo parecido aunque no igual en las costas de la India verdaderos obispados y no se discutía la jurisdicción del Papa, en la práctica el nombramiento de los obispos y el ejercicio de ciertas funciones por la Corona, entre las que se encontraba también la posibilidad de negar el paso a documentos papales, hacían de las Iglesia locales de estas tierras, una especie de apéndice del Estado español.
El Concilio Universal de Trento, celebrado a mediados del siglo XVI trató de abolir la institución del Patronato, que como lo insinué, no fue lo mejor para la Iglesia. Lo logró, pero en niveles inferiores a los patronatos de los reyes.
Sin embargo, la figura del Vicario Apostólico, que habíamos visto en funciones para la evangelización de los territorios del Norte europeo, se restituyó para los nuevos territorios que se abrían conforme avanzaban las exploraciones y se planeaban nuevas misiones. En Roma se instituyó la Congregación de “Propaganda fide” (“Propagación de la fe”), que debía centralizar la organización de nuevos Vicariatos Apostólicos y debía también centralizar por medio de una colecta económica mundial (que con el tiempo se conoció como el “domingo mundial de las misiones” o “Domund”) la ayuda económica a esas nuevas fundaciones territoriales, a fin de evitar que, como era el caso de los patronatos, la dependencia económica de los poderes civiles condujera a una dependencia en personas, métodos y políticas. La orden religiosa que, por su estructuración a la vez rígida y flexible, autoritaria y respetuosa de diferencias personales, impulsó el sistema de expansión y organización pensado en Trento fue la de los jesuitas, fundada al tiempo del comienzo de la modernidad cultural en Occidente con su carga de dificultades y oportunidades. La Compañía de Jesús fue el instrumento del modelo nuevo de impulso misionero y de integración de nuevas comunidades en los lugares más remotos del mundo que se había ampliado. El modelo del misionero jesuita fue San Francisco Javier, que recibió del Papa el nombramiento de Delegado Apostólico en la India y en China.
De este modo, acumulativo, pues los nuevos modelos no abolían totalmente a los antiguos y, por ejemplo en Australia se tomó el modelo benedictino para afianzar la Iglesia en el siglo XIX, a la hora de la Revolución Francesa y los movimientos revolucionarios hispanoamericanos, convivían los patronatos con los obispados autónomos con respecto a los gobiernos y los vicariatos apostólicos. La jurisdicción papal, sin embargo, contra lo que puede pensarse superficialmente, se encontraba bastante bloqueada, sobre todo por los Estados “católicos” entre los que hay que incluir a los primeros de Hispanoamérica, que pretendieron tener el control de los eclesiásticos e indirectamente de las labores de las comunidades eclesiales.
Fue el largo siglo XIX el que, paradójicamente –pues entonces se pensó que se estaba fraguando la ruina de la Iglesia y conspirando para su desaparición—con las separaciones Iglesia-Estado no pocas veces dolorosas, el que permitió al fin organizarse sin la tutela estatal. La Iglesia pudo al fin organizarse con libertad. En concreto, por ejemplo, el patronato en sus diversos estilos impidió el que se crearan nuevos centros territoriales con obispos al frente, que permitieran una mejor atención a los miembros de la comunidad.
El siglo XX, en materia de división territorial no trajo grandes cambios, a no ser una cada vez mejor coordinación, facilitada por la comunicación cada vez más fácil y rápida. Basta señalar que la República Mexicana tuvo hasta 1863 un solo arzobispado y hoy tiene quince.
3.- Seguimiento sincrónico. Cómo se divide territorialmente la Iglesia católica.
El elemento territorial básico es la diócesis (a la que en páginas anteriores he llamado obispado). El origen de la palabra está en el nombre civil romano de un territorio de cierta extensión. Es el caso del uso eclesiástico de un término civil, como sucede con el término basílica, que en su origen también señalaba un edificio civil.
La definición oficial que dio el Concilio Vaticano II y que responde a una larga evolución del pensamiento eclesial, privilegia el aspecto de las personas mientras que el del territorio que éstas ocupan queda más bien supuesto. Es la siguiente: “…porción del pueblo de Dios que se le confía a un obispo.”
No obstante, en el conocimiento común y en el lenguaje cotidiano, la diócesis es un territorio dentro del cual existe suficiente homogeneidad como para considerarla una región prácticamente natural (la geografía física más la geografía humana).
En la actualidad, haciendo una comparación con la división territorial política de México, la homogeneidad de las diócesis es mucho mayor.
Así, por ejemplo, mientras el estado de México tiene una gran complejidad territorial y su población no es muy homogénea (baste pensar, por ejemplo en el espacio urbano de Tecamachalco y compararlo con Zacazonapan o, con menos extremismo, las diferencias entre Valle de Bravo y Texcoco), las diócesis son nueve y constituyen internamente espacios mucho más homogéneos: Toluca, Atlacomulco, Cuautitlán, Ecatepec, Texcoco, Chalco, Valle de Chalco, Ciudad Nezahualcóyotl y Tlalnepantla. Hay que tener en cuenta que el criterio para la división en esas células básicas que son las diócesis tiene en cuenta, más que la religiosidad propiamente tal, las condiciones humanas similares. Hablando del estado de México, la división eclesiástica ha estado impulsada por el galopante crecimiento poblacional y sus concentraciones urbanas en cierto modo caóticas, así como por los cambios ocupacionales e históricamente viene apenas del año de 1950, fecha de la creación de la diócesis de Toluca, pues por siglos todo el territorio mexiquense perteneció a la arquidiócesis de México.
Otro ejemplo que puede tenerse en cuenta es la división eclesiástica del estado de Michoacán. Durante el virreinato y hasta bien entrado el siglo XIX, la diócesis de Michoacán equivalió al viejo reino de Michoacán. En la actualidad se encuentra dividido (y es fácil descubrir los criterios de tal división) en la arquidiócesis de Morelia y las diócesis de Zamora, Tacámbaro, Apatzingán y Ciudad Lázaro Cárdenas. En algunos casos, no se respeta, por los mismos criterios que se han mencionado, el límite civil entre un estado y otro, como sucede con la diócesis de Tepic, que no tiene todo el territorio del estado de Nayarit, pero sí una parte del estado de Jalisco; a la hora de la erección de la diócesis (1891) se hizo con el entonces territorio federal de Tepic y el quinto cantón de Jalisco, Mascota. El crecimiento de Puerto Vallarta, que entonces era si acaso una pequeña aldea de pescadores y la comunicación hacia Ameca en Jalisco que se ha facilitado hacen que pueda esperarse que esa ciudad sea cabecera diocesana dentro de no mucho tiempo.
El nombre que recibe el espacio territorial al que nos hemos referido (diócesis o arquidiócesis), no indica alguna diferencia sustancial o que deba ser tomada en cuenta. Simplemente hace referencia a la diferente importancia de la ciudad sede. Así, por ejemplo, Puebla es arquidiócesis y Tehuacán diócesis, Guadalajara arquidiócesis y Colima diócesis. En algunos casos hay razones históricas que pueden contar, aunque no siempre resulta así. León es arquidiócesis y Guanajuato, la capital del estado no es sede episcopal. A mí me hubiera parecido mejor (y así lo manifesté cuando me lo preguntaron) que San Cristóbal de las Casas, sede fundada en el siglo XVI fuera la arquidiócesis y no Tuxtla Gutiérrez.
Las diócesis se agrupan entre sí y tienen subdivisiones dentro de sí.
Entre sí, varias diócesis integradas en torno a una arquidiócesis forman una provincia eclesiástica. Así, por ejemplo, en torno a Guadalajara se agrupan las diócesis de Aguascalientes, Tepic, Colima, Ciudad Guzmán, San Juan de los Lagos, Autlán y la prelatura (título inferior al de diócesis, territorio misionero) de Jesús María del Nayar.
Los obispos (las personas, no los territorios) de una entidad política nacional o, en ciertos casos de una región lingüística con cierta homogeneidad integran una Conferencia Episcopal. No se trata en este caso, de una superestructura de autoridad, sino de un marco de diálogo, de estudio y formulación de algunas pistas pastorales en cuestiones que son comunes. Ejemplificando tenemos la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), la United States Catholic Bishops’ Conference (USCBC), la Conférence Episcopal Francaise (que incluye a las Antillas y Oceanía) y la Bischöfskonferenz der Deutschsprachingen Raumes (Alemania, Austria y los cantones de habla alemana de Suiza). Los obispos suizos pertenecen, de acuerdo al propio territorio lingüístico a la conferencia del episcopado francés, alemán o italiano.
Para los mismos efectos de estudio solidario y formulación de pistas pastorales existen conferencias episcopales de mayor amplitud, facilitadas por las comunicaciones contemporáneas. Por ejemplo: la Federación de Conferencias Episcopales de Europa, la Conferencia Panafricana y la Panasiática. Para nosotros es mucho más conocida y sus repercusiones han superado el área de lo propiamente religioso, a causa del alto contenido social de muchos de sus documentos, las Conferencias del Episcopado Latinoamericano y del Caribe que cuentan con un órgano permanente de estudio: el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM). Sus reuniones en Río de Janeiro, Medellín, Puebla, Santo Domingo y recientemente Aparecida han dejado huella.
Si puede decirse que los organismos a que hemos hecho referencia constituyen la unión “hacia arriba” de las diócesis y los obispos, “hacia abajo” la célula básica de la organización territorial de la Iglesia es la parroquia. En cierta manera es equivalente al municipio, aunque, como antes lo he comentado en relación con los estados y las diócesis, suele tener mayor homogeneidad en cuanto a sus habitantes y en la actualidad, sobre todo en las grandes urbes de alta movilidad poblacional parece que debería pensarse en la organización funcional o personal (es decir, de acuerdo a la integración ocupacional de las personas). Cualquier historiador o sociólogo sabe que los “libros” que integran los archivos parroquiales son de vital importancia para sus estudios regionales y que, hasta bien entrado el siglo XIX son en muchos casos la única fuente para ellos. Los registros de bautismos, matrimonios, defunciones contienen las líneas genealógicas y posibilitan no sólo el estudio biográfico sino también ayudan a conocer las variantes en la densidad poblacional, los promedios de vida, la integración o desintegración familiar, las enfermedades. Los libros “de gobierno” ayudan a la historia política, social y administrativa y el de la “fábrica” al conocimiento de la construcción de templos, conventos, escuelas, asilos y otras instituciones nacidas muchas veces al amparo de las parroquias y de sus párrocos. En muchas ocasiones los libros consignas acontecimientos locales que han repercutido. Así, por ejemplo, en algunos de gobierno de parroquias mexiquenses se mencionan en los años correspondientes las incursiones zapatistas y en varios tlaxcaltecas, la resistencia indígena a la aplicación de las leyes de reforma en el siglo XIX.
En la actualidad, las parroquias y sus titulares y auxiliares (párrocos y vicarios) suelen relacionarse entre sí en decanatos o arciprestazgos que reúnen varias parroquias con situaciones homogéneas y los decanatos en “zonas pastorales” que tienen hacia dentro territorio con semejanzas. El caso de una diócesis con muchas diferencias geográficas, climáticas y socioeconómicas como la de Tepic, las zonas pastorales son: Jalisco, que tiene la porción perteneciente al estado de ese nombre; Costa Alegre, que incluye Puerto Vallarta y los lugares de Bahía de Banderas y similares; Costa de Oro: la región costeña tradicional hacia el norte del estado colindante con Sinaloa, la zona Centro que incluye la ciudad de Tepic y sus espacios periféricos y la zona Sur, bastante parecida en la fisonomía de sus habitantes al estado de Jalisco en su región de Tequila y Magdalena.
4.- La Iglesia y sus órganos de relación internacional.
Algo que viene a tener interés y que es concomitante a las cuestiones territoriales y de regionalización de la Iglesia católica es el aspecto de sus relaciones internacionales.
El carácter público de las instituciones eclesiales, su antigua relación con los distintos regímenes políticos (monarquías, repúblicas, dictaduras, ciudades-Estado, y otras) así como su particular longevidad (no existe ninguna institución viva en la actualidad que apela a sus raíces 2000 años atrás) han contribuido a que se hayan fundado instituciones y se hayan dedicado personas a la relación en el ámbito internacional y en el de las relaciones diplomáticas. A partir del Congreso de Viena para la restauración del orden europeo trastornado por las reformas napoleónicas de 1815, la Iglesia católica en sus órganos centrales, reconocidos con el nombre de Santa Sede, es actora dentro del orden internacional.
El Papado en cuanto tal tuvo hasta 1870 un carácter también de soberanía territorial en los territorios dentro de la península itálica reconocidos como “Patrimonio de San Pedro” o Estados Pontificios. Tras la anexión al Reino de Italia de éstos y a pesar de la “Ley de garantías” que reconocía a la Santa Sede como miembro de la comunidad internacional aun sin territorio, fue hasta 1929, con la firma de los Pactos de Letrán que surgió el Estado de la Ciudad del Vaticano, mínima garantía territorial para asegurar la libertad del Papa y de los organismos centrales de la Iglesia frente al Estado italiano. La Ciudad del Vaticano en cuanto tal, pues, no recibe ni envía embajadores. Es la Santa Sede, como personificación jurídica “sui generis” dentro del derecho internacional la que recibe embajadores de las naciones soberanas y envía sus legados. “Legado” es el nombre genérico, pero específicamente se trata o de “Nuncios”, obispos que tienen carácter diplomático y representan a la Iglesia y sus órganos centrales (el Papa y la Curia Romana) tanto ante los Estados y las Iglesias locales (Conferencias Episcopales y diócesis) y “Delegados Apostólicos”, que sin carácter diplomático representan a la Santa Sede ante las Iglesias locales y de modo extraoficial ante los gobiernos nacionales. En México, por ejemplo, sólo a partir de 1992, con el establecimiento de relaciones diplomáticas plenas con la Santa Sede radica un Nuncio Apostólico. Antes, con intermitencias a veces muy grandes, estuvo acreditado un Delegado Apostólico.
Santa Cruz de los Patos, 30 de abril de 2008.
Ciudad de México, 29 de junio de 2008.
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